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 Palacio Imperial

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Arstan
1er Curso - Novel
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MensajeTema: Palacio Imperial   Jue Sep 04, 2008 11:26 pm

Hace tres semanas


Las grandes puertas de hierro y oro se abrieron, y el duque lenington atravesó la esplendorosa y enorme bóveda de la sala del trono, avanzando con paso firme hasta que se situó a una distancia respetuosa del trono y se hinco de rodillas en una majestuosa reverencia.

- Que vuestros inviernos sean cortos y vuestros veranos generosos.- Dijo una voz juvenil desde el confortable trono.- Levantaos, Ser Lenington y decidme cuales son las nuevas que traéis.-

Lenington alzo la vista y sonrió a su soberano. James Oldfox era uno de los emperadores más jóvenes que había tenido jamás el reino de Eldroy. Con sus catorce años recién cumplidos, el emperador James era un muchacho delgado y nervudo, de insurto pelo rubio y brillantes ojos azul celeste, que junto con su perfecta cara ovalada, sus bellas facciones y su regio porte desprendía un aura de intensa sagacidad. Su padre el Emperador Augustus había muerto tres años atrás, después de una larga enfermedad que le tuvo postrado en la cama durante varios años. Antes de fallecer, había encomendado al General Barristan, su más fiel servidor y amigo, que protegiese a su hijo, realizando la función de regente y consejero, hasta que el muchacho llegara a su mayoría de edad, y pudiese hacerse cargo de sus funciones como descendiente de Eldroy.

EL Duque Lenington no pudo dejar de observar, que como era costumbre, Lord Barristan se encontraba de pie a un lado del trono. Con un porte y una personalidad imponentes, el general junto a su fiel dragón azul Meraxes, se había formado a lo largo de los años, una reputación de guerrero invencible. Pero los tiempos de paz, y los años venideros le habían tratado benevolentemente, tiñendo su barba y cabellos de níveo blanco y aumentando visiblemente la circunferencia de su barriga, dándole un aspecto “blando”. Pero Lenington no se dejaba engañar por esa apariencia, pues los ojos del general mantenían la fría fiereza de la juventud, la pesada armadura completa relucía impecable con destellos azulados, y su famosa espada llama Albor, que según se decía había sido forjada con el corazón de una estrella caída pendía aun sobre su pierna izquierda dispuesta a ser desenvainada con presteza en cualquier instante. El Duque no tenia duda alguna, de que el general se había ganado a pulso el apodo de “Rayo del amanecer” por razones de peso que no estaba dispuesto a arriesgarse a conocer en profundidad.

Poniendo un gesto afectado en su rostro Lenington se incorporo con gracilidad e inicio su informe.

- Su Excelencia.- Comenzó el Duque con voz grave.- Mucho me temo que las noticias que porto conmigo son cuanto menos preocupantes para la corona y para el pueblo Eldroy.-

El Duque dejo unos momentos de silencio para dar peso a su afirmación, mientras el pequeño emperador se removía inquieto en su trono con creciente nerviosismo. “Pese a ser descendencia de un dios no deja de ser un crio” pensó el Duque complacido “Mejor para mí y mis intereses”.

- Me temo, que nuestros reinos vecinos conspiran contra su persona mi joven señor.- Continuo con más aplomo.- Según nuestros espías, los Syndri han aumentado sus extraños experimentos alquímicos para mejorar su ejército mediante la magia, mientras unen a sus filas todo tipo de seres paranormales…-

Lenington aspiro profundamente como si se diera ánimos para continuar, y prosiguió con su informe visiblemente “afectado” por la situación.

- Y eso no es todo… Nina Ashfold, ha convocado a los jefes de las Tribus nómadas, para un concilio secreto en la capital Rowtder de Alyys. Hay quien habla de múltiples y extraños movimientos de tropas Rowtder en las fronteras con nuestro reino.-

Llegado a ese punto vio como Barristan le miraba fijamente con fría esceptitud.

- Así pues como dirigente de nuestra red de espías, es mi deber advertirle que todos los indicios apuntan a que los Syndri y los Rowtder, se preparan para la guerra contra nuestra libre nación.- Sentencio definitivamente sin dejar que la mirada del general le intimidase.

El joven Emperador le miro visiblemente afectado, pero el General Barristan se limito a observarle fríamente mientras colocaba una mano tranquilizadora sobre el hombro de su protegido.

- El tratado de paz se ha mantenido sin fisuras desde que se firmo hace ya veinte años.- Asevero el general con sequedad.- Fue sellado bajo un juramento de honor y sangre, que ninguno de los descendientes se atrevería a romper por riesgo a incurrir en la ira de los dioses ¿Que pruebas tenéis de que esos rumores son ciertos?- Inquirió con voz profundamente incisiva.

El Duque sintió el desprecio desconfiado que el general le profesaba y maldijo en su interior. “Maldito vejestorio idiota, algún día bailare sobre tu tumba”.

En algunos círculos se decía que el General Barristan era terco e inamovible como los cimientos del palacio imperial, pero el hallaría la manera. Por el bien de sus planes de alguna forma u otro encontraría la forma de convencerlo. Y si no lo conseguía tendría que eliminarlo del juego.

Si… eso le gustaría… al menos así se libraría de esa mirada altiva y despreciativa que tanto le gustaba lanzarle aquel anciano. Después de todo, una persona de su edad podía morir en cualquier momento y el cómo duque y señor de las fértiles comarcas del norte, no tendría más remedio que llorar por aquella terrible perdida y aceptar el cargo de consejero del emperador.

Lenington aspiro profundamente y apretó la mandíbula con determinación
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Arstan
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MensajeTema: Re: Palacio Imperial   Jue Sep 11, 2008 5:45 pm

Hace dos semanas

Los sentidos le avisaron, pero las figuras ocultas entre las sombras se movieron con presteza. Antes de que su viejo cuerpo pudiese reaccionar la primera de las figuras coló una daga por la rendija del costado derecho de su armadura clavándola profundamente en su abdomen. Girándose rápidamente, pateo a su agresor mientras se apartaba, y detuvo el ataque de su otro agresor, bloqueándolo con su brazo mecánico.

Aquel brazo era una magnífica obra de magia mecánica, un regalo del fallecido emperador Augustus Oldfox, que remplazo el brazo que había perdido durante una de las numerosas batallas de la guerra del pacto. El metal mágico del antebrazo era sumamente resistente, y la hoja de la espada reboto inofensiva con un tintineo casi musical.

-“maldito seas Barristan, viejo idiota, te has vuelto demasiado confiado.”- Se maldijo en pensamientos.

Salto hacia atrás de nuevo apartándose de los asesinos, llevándose una mano al costado herido en un intento de cortar la hemorragia. Sobreponiéndose al dolor calibro a sus adversarios, mientras regueros de sangre descendían cálidamente por su pierna.

Las figuras iban encapuchadas, vestidas con ropajes negros y capas aun más negras. No llevaban ningún distintivo ni insignia, pero las frías mascaras de hierro que les tapaba el rostro los identificaba claramente como asesinos sin rostro, un peligroso gremio de asesinos provenientes de la ciudad de Assai, perteneciente a uno de los reinos barbaros de mas allá del océano angosto. Eran famosos por su efectividad, y por cobrar unos cuantiosos honorarios.

Desde luego alguien quería asegurarse de verle bien muerto…

- He de suponer que sabéis quien soy.-
Comento circunspecto.

Tres figuras más salieron de entre las sombras, y moviéndose con una gracia felina caminaron a su alrededor, rodeándolo sin que ninguno de los asesinos diesen muestra de haber escuchado su pregunta.

- En fin…supongo que no os contrataran por los habladores que sois-
Suspiro

El asesino situado a su espalda se lanzo sobre él con un movimiento relámpago, pero esta vez el estaba alerta y fue más rápido. En un abrir y cerrar de ojos desenvaino a Albor girando sobre sí mismo se inclino hacia un lado esquivando la espada del asesino y empuñando a Albor con las dos manos lanzo un golpe brutal contra su torso. El filo de la espada atravesó la cota de mallas limpiamente, cortando carne y huesos como si fueran mantequilla, partiendo a aquel desgraciado en dos partes, que después de trastabillar hacia delante cayeron al suelo lanzando al aire un hermoso arco de sangre.

Miro a los demás asesinos que sin inmutarse continuaban girando a su alrededor. Habían aprendido la lección y el siguiente seria más precavido. Gruño insatisfecho, mientras ellos hicieran tiempo el seguiría sangrando como un cerdo, y tampoco podía contar con que aquellos fueran los únicos asesinos que hubiesen escondidos entre las columnas del pasillo. Como mínimo dos de los asesinos eran magos, así que si quería sobrevivir tendría que actuar ya y sin limitar su poder.

- Una lástima.- murmuro quedamente.- Es un palacio muy bonito.-

Los símbolos inscritos en su fiel espada comenzaron a brillar exultantes, mientras relámpagos de energía saltaban restallando por la hoja emitiendo destellos de luz azulada. El edificio comenzó a temblar. Sus ojos comenzaron a brillar con el mismos color azulado de su espada mientras un aura de poder indescriptible comenzó a rodearle emitiendo hondas de energía que empujaban hacia atrás a los asesinos con vientos huracanados. Pronto la luz era tan cegadora que no se podía ver nada en el pasillo.

- Vamos a sacar a esas ratas de sus escondites.-


Desencadenando su poder alzo a Albor sobre su cabeza, y un estallido de energía eléctrica arraso el pasillo y las zonas circundantes. Tres cuartas partes de la pared Nord oeste del palacio reventaron hacia afuera ensordecedoramente, lanzando cascotes en todas direcciones que se dispersaron en un radio de más de dos kilómetros destruyéndolo todo a su paso.

Los cuernos de alarma comenzaron a sonar por toda la ciudad.
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Arstan
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MensajeTema: Re: Palacio Imperial   Dom Sep 14, 2008 4:24 pm

Mientras tanto en las cuevas subterráneas del castillo…

El dragón siseo revolviéndose, en un inútil intento de librarse de las cadenas. Los poderosos músculos se tensaron hasta límites imposibles, y toda la caverna tembló con cada impacto del colosal cuerpo contra las paredes. Los eslabones se lamentaron con un ruido metálico, pero pese a todo, las cadenas resistieron incomubles. Clavando las garras firmemente en el suelo Meraxes lanzo un coletazo con frustración, que hizo retroceder a varios de sus captores.

Una de las figuras embozadas con negros ropajes se acerco a el por delante, y comenzó a hablarle con una seductora voz femenina.

- La resistencia es inútil, estas cadenas son mágicas, y tienen tu nombre inscritas en su superficie.- Comento divertida.- Por mucho que lo intentes, tu impresionante fuerza no podrá romperlas.-

- No me hace falta romperlas para acabar con unos insectos molestos como vosotros.- Gruño con el dragón con voz amenazante.

Aspirando profundamente abrió sus fauces. Una gran detonación y un enorme rayo salió de su garganta abalanzándose sobre la menuda mujer. El rayo impacto de pleno sobre ella, pero crepito a su alrededor inofensivamente sin hacerle ni un rasguño. Dos de los captores que había detrás de ella no tuvieron tanta suerte, y fueron calcinados por aquel poder devastador lanzando terribles gritos de agonía antes de convertirse en polvo.

La mujer miro los restos de sus secuaces con gesto despectivo.

- Eso os pasa por ser confiados y no activar vuestros hechizos protectores…inútiles.- escupió sin contemplaciones.

Se giro de nuevo hacia el dragón y una sonrisa indolente se dibujo bajo la capucha.

- Ya veo que el apodo de “Meraxes, la tempestad azul” no os fue puesto por nada.-

La joven comenzó a rebuscar entre sus ropajes hasta que dio con un objeto que había llevado oculto bajo la capa.

- De todas maneras no me puedo permitir perder más servidores inútiles así que…- La mujer extendió la mano para que el dragón viese lo que llevaba.

Se trataba del capullo de una bella flor tallada en cristal, que brillaba con un reflejo dorado. Acariciando uno de los pétalos, la flor se comenzó a abrir lentamente, y a medida que lo hacia la luz aumento de fuerza cegando por un instante, a todos los presentes.

El dragón gruño, y se dejo caer de costado pesadamente, sintiendo como de golpe sus fuerzas flaqueaban dejándolo tan indefenso como un gatito.

- ¿Que brujería esta?…- logro preguntar debilitado.

- Un pequeño experimento…- Respondió la joven con una risa alegre.- Gracias al cual ahora todos los Rowtder asesinados serán vengados...-

El dragón la miro fijamente mientras ella echaba atrás la capucha. Durante un breve instante la caverna enmudeció.

- Sé quién eres…- comenzó Meraxes.

- Sabes… - Le interrumpió ella sin hacerle caso.- Según se dice cuando matas a un dragón, el humano con el que está vinculado también muere.- La mujer desenvaino una espada de vidragon, que sopeso en su mano de forma casual.- Ahora vamos a comprobar cuanta verdad hay en ello.-

Meraxes rugió desafiante, henchido por la ira, y la espada se clavo profundamente en su corazón.
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Arstan
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MensajeTema: Re: Palacio Imperial   Lun Sep 15, 2008 7:44 pm

Instantes antes en la superficie…


- Eres el último…-

Con gesto adusto Barristan camino entre los cuerpos caídos de los asesinos sin prestarles la más mínima atención. Albor brillaba dichosa a la fría luz de la luna con la hoja limpia desprovista de cualquier marca de sangre ni melladura que recordase el cruento combate que acababa de acontecer.

Después de la tremenda explosión, los asesinos sin rostro que no habían perecido chafados entre las ruinas, no habían tenido más opción que luchar de frente contra el general. Este los había despachado con una facilidad pasmosa, y a medida que los restantes enemigos no tenían otro remedio que batirse en retirada, el combate se había ido trasladando por medio palacio hasta acabar en el enorme puente de acceso que cruzaba por encima del rio Arianrhod, cuyo nombre tenía en honor de la querida hermana de Rowtder, que murió asesinada por “El Demonio”.

- Habéis sido un agradable entretenimiento pero mucho me temo que este espectáculo llega a su fin…-

Barristan enarbolo la espada, presto para atacar, cuando el oscuro sujeto realizo un conjuro arcano con unos movimientos expertos. Una enorme bruma de oscuridad se creó alrededor del mago y de ella salieron varios seres monstruosos de aspecto esquelético, y hechos de sombras, que volando en el aire se lanzaron como proyectiles sobre el general ansiosos por devorar su alma.

Albor, se movió como un relámpago y los monstruos quedaron reducidos a pequeños trozos que estallaron alrededor del general sin causarle daño alguno.

- Buen intento… quizás el próximo te salga mejor- Comento Barristan con una mueca sesgada.

Concentrando el mana de nuevo, el poderoso hechicero comenzó a conjurar un encantamiento y una gran bola de fuego magnatico comenzó a crearse delante suyo. Antes de que el hechizo se completase, Barristan se movió a una velocidad imposible y golpeo al mago dándole con la empuñadura de la espada en todo el estomago.

- He dicho que lo podías intentar no que te fuese a dejar hacerlo.-

El mago trastabillo hacia atrás tosiendo ante la súbita perdida de aire, y acabo chocando de espaldas contra la férrea baranda del puente donde se apoyo para no caer al suelo. Entonces la capucha del mago cayó hacia atrás revelando su rostro.

- ¡¡¡Tu!!!- exclamo el general furibundo.- ¡¡¡Sabia que no eras más que un perro traidor!!!-

Albor se ilumino como una estrella azul, y relámpagos de mana recorrieron la zona furiosos, desafiando la piedra y metal de su alrededor como si fuese un rio de lava. Cogiendo la larga espada con las dos manos Barristan la alzo sobre su cabeza preparado para dar el golpe de gracia.

- ¡¡¡Prepárate para morir traid…-

De pronto el rostro, del general se quedo blanco, boqueando como si le faltase el oxigeno. Llevándose la mano izquierda hasta el corazón bajo la cual comenzó a salir una cascada de sangre. Por unos instantes su mirada se cruzo con la del incrédulo hechicero sin entender que era lo que estaba pasando, luego miro hacia la noche estrellada y grazno débilmente.

- James…-

Borbotones de sangre comenzaron a salir de su boca e intentando mantenerse erguido en vano, se apoyo en la baranda de metal y esta, debilitada por el calor, cedió y se rompió.

Pesadamente, el legendario general y su invencible espada cayeron al vacío, y con un gran chapuzón ambos desaparecieron bajo las frías aguas, siendo arrastrados inevitablemente hasta el fondo.

Asomándose por encima de la baranda, el duque Lenington chasqueo la lengua.

- Que conmovedor…- Comento con su voz inundada de falsa piedad.- Su último pensamiento fue para su señor… No os preocupéis fiel servidor, pues yo defenderé a vuestro protegido como vos jamás pudisteis hacerlo.-

Sus agudas carcajadas rasgaron el velo de la noche, inundadas de maldad.
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